Lepanto, 455 años: la batalla en la que Cervantes perdió una mano y que cambió el Mediterráneo en cinco horas
El 7 de octubre de 1571 más de 400 galeras se enfrentaron frente a Grecia. Quién luchó, cómo se ganó, qué cambió y la herida de la que Cervantes presumió toda su vida.
La batalla de Lepanto, de Andries van Eertvelt (1623). Koninklijk Museum voor Schone Kunsten de Gante (Wikimedia Commons, dominio público).
El 7 de octubre de 1571, frente a la costa de Grecia, cerca de la ciudad de Lepanto, se enfrentaron más de 400 galeras en un espacio de pocos kilómetros. En unas cinco horas murieron decenas de miles de hombres, miles de cautivos recuperaron la libertad y un soldado de 24 años, que luego sería el escritor más famoso en español, quedó marcado para siempre. Hoy se cumplen 455 años de la batalla de Lepanto.
Por qué se llegó a la batalla
A mediados del siglo XVI, el Imperio otomano dominaba buena parte del Mediterráneo oriental y avanzaba hacia el oeste. En 1570 atacó Chipre, entonces en manos de Venecia, y en el verano de 1571 cayó Famagusta, su última plaza. Para frenarlo, el papa Pío V impulsó la Liga Santa, una alianza entre la Monarquía Hispánica de Felipe II, la República de Venecia y los Estados Pontificios, a la que se sumaron Génova, Saboya y los caballeros de Malta, entre otros.
Dos flotas como ciudades flotantes
La flota cristiana reunió unas 200 galeras y seis galeazas venecianas, barcos enormes y muy artillados. Al mando estaba Don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, con solo 24 años. Enfrente, la armada otomana de Alí Pachá sumaba más de 200 galeras y decenas de embarcaciones menores. Entre remeros, marineros y soldados, en cada bando combatían decenas de miles de hombres. Muchos de los remeros otomanos eran cristianos esclavizados, encadenados a los bancos.

Cinco horas que cambiaron el Mediterráneo
La batalla empezó hacia el mediodía. Las galeazas venecianas, colocadas por delante de la línea cristiana, rompieron la formación otomana a cañonazos antes del choque. En el centro, la Real de Don Juan de Austria se enganchó a la Sultana de Alí Pachá y la lucha se convirtió en un combate cuerpo a cuerpo sobre las cubiertas. Alí Pachá murió y la nave capitana otomana fue tomada. Por la tarde, la victoria de la Liga Santa era total: solo el ala que mandaba Uluch Alí consiguió escapar con parte de sus barcos.
El balance fue terrible. Se calcula que murieron unos 7.500 hombres del lado cristiano y en torno a 25.000-30.000 del otomano, y que unos 12.000 cautivos cristianos fueron liberados de los remos. Fue además la última gran batalla entre flotas de galeras, los barcos de remo que llevaban siglos dominando el Mediterráneo.
Qué cambió (y qué no)
Lepanto acabó con la idea de que la flota otomana era invencible, pero no cambió el mapa de golpe. Los otomanos reconstruyeron su armada en apenas un año, y Venecia firmó en 1573 una paz por separado en la que renunciaba a Chipre. Aun así, la batalla frenó la expansión otomana por el Mediterráneo occidental y se convirtió en un símbolo para toda Europa.
Su huella llega hasta hoy de una forma inesperada: Pío V atribuyó la victoria al rezo del rosario, y de ahí viene que el 7 de octubre sea en el calendario católico la festividad de Nuestra Señora del Rosario.
El soldado que perdió la mano y ganó la gloria
A bordo de la galera Marquesa combatía un soldado de 24 años llamado Miguel de Cervantes. Estaba enfermo con fiebre, pero pidió que le dejaran luchar. Recibió dos disparos de arcabuz en el pecho y otro en la mano izquierda, que le quedó inútil para siempre. De ahí el apodo con el que ha pasado a la historia: el manco de Lepanto. Lejos de lamentarlo, Cervantes presumió siempre de aquella herida. En el prólogo de la segunda parte del Quijote, en 1615, la defendió así: la había ganado en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».
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