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Mucho antes de Halloween, en España ya se tallaban calabazas: la fiesta celta que un pueblo rescató del olvido y que vuelve este 31 de octubre

Los niños de muchas aldeas tallaban calabazas con una vela dentro a finales de octubre mucho antes de que llegara Halloween. De dónde viene la tradición, quién la recuperó y dónde vivirla este año.

Calabazas talladas con velas sobre un muro de piedra y una procesión de fantasmas con farolillos en un pueblo marinero de noche

Imagen ilustrativa generada con IA.

Irene Valdés octubre 22, 2026 4 min

Una calabaza vaciada, dos agujeros por ojos, una boca dentada y una vela dentro. Durante generaciones, en muchas aldeas del norte de España los niños hacían exactamente eso a finales de octubre: tallaban una calabaza, la colocaban en un muro o en un cruce de caminos al caer la noche y esperaban, escondidos, a que alguien pasara y se llevara el susto. Nadie lo llamaba Halloween. Y, sin embargo, se parece mucho.

El «fin del verano» de los celtas

El origen que suele citarse para Halloween está en Samhain, una fiesta de los pueblos celtas de Irlanda, Escocia y Gales cuyo nombre se asocia con el «fin del verano». Marcaba el paso de la mitad luminosa del año a la oscura, empezaba al anochecer en torno al 31 de octubre y, según la tradición, era el momento en que la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se volvía más fina. Se encendían hogueras y se dejaban ofrendas para los espíritus.

Con la llegada del cristianismo, esas fechas quedaron unidas a Todos los Santos. La víspera, All Hallows’ Eve en inglés, acabó dando nombre a Halloween, un término que aparece en el siglo XVI. Siglos después, la emigración irlandesa y escocesa llevó la fiesta a Estados Unidos, desde donde ha vuelto a Europa convertida en lo que hoy conocemos.

Las calabazas de Galicia

En Galicia la fiesta tiene su propio nombre, Samaín, y su propio símbolo: la calabaza tallada, a la que en distintos lugares llaman caveira o calacú. Era sobre todo un juego infantil ligado a los días de difuntos, y la costumbre existía en muchos puntos de la comunidad.

A finales del siglo XX estaba casi olvidada. Su recuperación empezó a principios de los años noventa en Cedeira (A Coruña), donde un grupo de vecinos, a través de la asociación Chirlateira, se propuso rescatar tradiciones perdidas. El maestro Rafael López Loureiro buscó sus restos por toda Galicia y les dedicó un estudio, «Samaín: A festa das caliveras». En dos o tres años la costumbre se extendió por toda Galicia, y muchos mayores de otros lugares empezaron a recordar que ellos también habían tallado calabazas de niños.

Conviene un matiz: los historiadores discuten cuánto de esa tradición gallega viene directamente de los celtas. El nombre y la fecha remiten a ellos; la línea continua de costumbres a lo largo de dos mil años es mucho más difícil de documentar. Lo que sí está documentado es la calabaza.

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Un Samaín sin sangre ni disfraces de miedo

Quienes lo organizan insisten en que el Samaín gallego no se parece al Halloween comercial. «Nunca fue una fiesta de miedo, tampoco de disfraces», explicaba a El Español Carlos Labraña, de la asociación Amigos do Samaín. Nada de sangre ni armas: el único disfraz que se propone es el de fantasma, con la cara pintada de blanco.

Dónde vivirlo este año

Cedeira, el pueblo que lo recuperó, vuelve a celebrarlo en 2026. Según el programa del Concello de Cedeira y la prensa local, la fiesta ocupa las tardes del viernes 30 y el sábado 31 de octubre en las carpas del Paseo da Mariña:

  • Viernes 30, desde las 17:30: talleres de pintura, de coronas y de zonchos, y a las 20:30 el espectáculo familiar «A Casa do Terror», de Xoán Curiel y A Banda do Verán.
  • Sábado 31, desde las 17:00: entrega y exposición de calabazas talladas, talleres de tallado y maquillaje y una merienda de otoño con bola de azúcar y requesón.
  • Sábado 31, 20:30: el momento central, el pasarrúas de fantasmas. Salen de la Praza da Marieta y recorren el casco viejo a oscuras, iluminados solo con velas y farolillos.

Si vas, la consigna es sencilla: sábana blanca, cara pintada y una calabaza con su vela dentro, como hacían los niños de antes.

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Irene Valdés

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